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PERIÓDICO
REFORMA
Los hechos presenciados el día que me invitaron a ver el "musical" Hoy no me puedo levantar de Nacho Cano, que se presenta en el Centro Cultural Telmex, me permitieron vislumbrar tan devastadora realidad. A pesar de la pobreza de la escenografía y el vestuario, es evidente que no se escatimó un céntimo en la producción. Nadie duda que las luces y los efectos especiales requirieran una buena parte de los ocho millones de euros que dicen haber invertido en esta puesta. Tampoco se cuestiona el entusiasmo de los jóvenes que conforman el elenco. Sólo
que una cosa es el entusiasmo, y otra, los resultados. Salvo alguna rara
excepción, estos chavos que ni cantan ni bailan tampoco saben que
con un equipo de sonorización tan sofisticado, no necesitan pasarse
todo el tiempo gritando. A qué grado ha llegado la atrofia engendrada desde la pantalla chica que nadie discutió tampoco la incongruencia argumental de un pseudo libreto en el cual se pondera la drogadicción y se fomenta la más vergonzante homofobia en medio de una trama falsamente incluyente, que no es más que la versión condensada de una de las tantas telenovelas que cotidianamente generan estos enemigos del raciocinio. No tuve ni que preguntarme si nuestros públicos perdieron la capacidad de valoración o si yo ya habría anquilosado mis juicios para determinar que es tal la manipulación mediática, que nadie se atreve a señalar cuando -como en aquel cuento infantil- "el rey está encuerado". Señores, dinero no compra talento, y esto aplica para todo. Tanto para tomaduras de pelo de esta índole como para nuestros más sobrevaluados violonchelistas o, en el ámbito operístico, para aquellos "propositivos" directores de escena a quienes, como ejercicio de humildad, les sugiero acercarse a la forma más pura de espectáculo, el Circo, del que el investigador Federico Serrano señala que "ocupa un lugar privilegiado entre todas las expresiones escénicas, ya que es el arte de la proeza y del asombro, de la precisión y de la magnificencia de los cuerpos". Especifico: esto aplica para circos de verdad, no para entretenimientos híbridos como el Cirque du Soleil. Circos como el Atayde, en el que sus artistas ecuestres corroboran aquella frase en que Balzac los ponderaba por encima de "las glorias de la ópera, el ballet o del teatro", y que propician la risa y la sorpresa con habilidad, inteligencia, elegancia gestual y la ilusión de dominar la gravedad; con la armónica convivencia con los animales y el desafío cotidiano del peligro y de las leyes de la física sin trucos, computadoras, realidades virtuales o efectos especiales. Días después de haber padecido esa mariguanada que es Hoy no me puedo levantar, asistí al Circo Atayde -loado por personajes como Alfonso Reyes y Agustín Lara- que brinda, a 118 años de su fundación, un programa que fusiona con tal dignidad tradición y modernidad que bien vale la excursión a Calzada de Tlalpan 855. Gracias a
este honesto espectáculo -¡invaluable antídoto!- recobré
la capacidad de gozo, lo cual no es poca cosa y menos aún en estos
días de incertidumbre.
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